Íbamos en el metro de Nueva York dirigiéndonos al hogar. Ella disfrutaba del nintendito que es novedad y es plenamente adictivo con varios cartuchitos. El trayecto subterráneo es de la W4 a la 145th, en la línea A o C, da igual. Se suben dos guaditas cualesquiera y se apean cerca de nosotros, agarrados de un tubo vertical, por un momento sus miradas se centran en el videojuego.
- Tsss... Yo ya me compré mi Pi-Es-Pi.
- Ah, sí, ¿y qué tal está? - pregunta el otro.
Mientras tanto, me doy cuenta de que la plática de los paisas se inició por ver el videojuego de ella. Me pongo en guardia.
- No pues sí está bien padrote.
- ¿Pero cuántas canciones le caben?
- Pues un chingo, yo nomás tengo como 60. - dice entristecido uno de ellos -, pero están más chingonas las gráficas, sí está bien cabrón con los juegos.
- Yo no sé cuál comprarme.
- De todas formas, ya se lo mandé a mis carnalitos. Pus es que allá lo disfrutan más ellos que nosotros aquí.
- Cáaaaaaaaaaaaaaaaaamara - pienso - "Allá lo disfrutan más".
- Pero ya les dije que lo cuiden porque luego se los van a chingar sus amiguitos, luego los niños allá son reculeros. Y pus la neta yo quiero que mis carnales tengan lo que yo nunca tuve.
- Cáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaara - pienso.


